Páginas

domingo, 7 de marzo de 2010

Las Lágrimas del País de las Maravillas

Buenas noches gente :)
Hoy tengo el enorme agrado de compartir con ustedes una narración de un futuro* gran escritor y amigo ninja.
Sin más círculos infinitos de por medio he aquí:


Las Lágrimas del País de las Maravillas



Busca Alicia, detrás del espejo.

El travieso conejo ha abierto un agujero para ti.

Sigue el camino de relojes rotos.

Lánzate a la oscuridad.

¿Acaso no escuchas nuestras risas del otro lado?

Tírate en lo profundo.

Ráspate las rodillas, mientras sigues cayendo.

No tengas miedo. Es lo que siempre quisiste.

Nunca más estaremos solos.



Cae en medio de los árboles marchitos.

Que tus pies vuelvan el color al pasto, en algún momento verde.

¿Tienes miedo del País de las maravillas, Alicia?

¿Que clase de niña eres?

Temes vivir por siempre, temes vivir jugando,

temes crecer acaso o de sentir un poco?



Dime como sabe el olvido.

Caer es lo que siempre quisiste Alicia,

no entiendo por que llorisqueas ahora.

¿Acaso ya estas grande para reírte con payasos?

¿Cuando tu cabello se volvió blanco?

¿Por que ya no ríes Alicia?

Caer es lo que siempre quisiste...



Finalmente llegaste al País de las Maravillas.

Sigue riendo y corre. Hermosos colores te rodean.

Olvida que todo es color negro y canta.

Salta en círculos, dando vueltas sin parar.

Hasta que estés mareada.

Hasta que tengas ganas de vomitar todas tus verdades.

Magna veritas.

The time waits for no one...

Ni siquiera a ti Alicia.



Juega que eres una pequeña granuja de nuevo.

Ríe como loca, mientras buscas juguetes en nuestras galeras.

Por que no coloreas nuestro gris arcoíris?

Juguemos Alicia. ¿Desde cuando te volviste tan aburrida?

¿Cuando fue que dejaste de creer en unicornios y dragones?

Que feliz seriamos si solo nos cantaras una nana antes de dormir.

Sigue conformándote. Sola una vez mas...

¿Qué? Eso no es un cementerio, es un parque de diversiones.

Monta ese caballo del carrusel.

Pon esa vieja piedra en nuestro pecho. Fingiremos que late si te hace feliz.

Viejas mañas que jamás se olvidan.

Deja de tener miedo hasta tu sombra, que todavía no tiene ni cuernos,

ni cola.

Tomemos el té si quieres. Aquí siempre son las 5.

Y también siempre son las 12.



¿Por que lloras Alicia? ¿Ya no quieres estar aquí?

Caer es lo que siempre quisiste. Deberías acostumbrarte.

¿Dónde es que aprendiste que el destino del hombre es olvidar y ser olvidado?

Eso podría no ser cierto, si tú así lo quieres.

Lo podríamos hacer realidad, si solo juegas con nosotros.

Ponte esa capa roja, y seremos tu lobo feroz.

Prometemos devorarte hasta los huesos, de principio a fin y después,

volver a empezar. Todos, y cada uno.



Nosotros seremos la bruja y ahí estará tu hermano, encerrado en una jaula.

Una casa de masapan llena de despojos.

Podría ser tan divertido, si nos dieras una oportunidad.

Serias Rampuncell y nosotros los príncipes valientes.

Lo sabemos, son castillos de cenizas, pero castillos al fin.

Venceríamos al dragón, quizás solo por que nosotros seriamos también el dragón.

Todo para estar contigo...

Sin ni siquiera una sonrisa, no nos eres útil Alicia.

¿A cuantos mataste solo perdonándoles la vida?



Otros juguetes y caramelos.

También puedes jugar con tijeras y navajas.

Diviértete con cerillos enfrente de la lumbre.

Contarte con tus sueños rotos si quieres, pero danos una oportunidad.

No somos tan malos una vez que nos conoces.

Escúpenos en la cara, grítanos, insulta. Haz lo que deseas. Siéntate sobre nuestros rostros.

Haz lo que quieras, pero no nos des la espalda.

No nos temas.

No nos odies.

Solo queremos jugar contigo...

Eleva tu puño al cielo y gime.

¡Vamos! Nosotros no te hicimos nada Alicia, vos te lo hiciste sola.



¿Qué es eso jugando entre tus sandalias doradas Alicia?

¿Qué es eso jugando entre tus talones?

¿Acaso es el conejo blanco?

Que su sangre bañe tus manos. Arráncale las orejas y póntelas

Ríe como loca, mientras buscas juguetes en nuestras galeras.

Olvida que toda tu ropa se volvió roja.

Amaríamos ver eso.

Mobile Dictus.



¿Quieres irte Alicia?

Pues solo hay una manera.

Busca la caja de Pandora, y devora sus alas mientras duerme.

No importa si esta al rojo vivo.

Muérdete la lengua y blasfema.

Ódianos si quieres. Témenos si quieres.

Pero no nos tengas maldita compasión.

No te pongas de rodillas enfrente nuestro. Solo queríamos ser tus amigos.

Habla con nuestra voz.

Llora nuestras lágrimas.

Quizás estemos vacíos.

¿Por que ese esclavo aun reclama sus cadenas?

Haz un pozo en el suelo hasta arrancarte las uñas.

Desentierra tu destino,

Deja huellas en el polvo, al menos podremos seguirte.



En el altar de sacrificio encontraras un arma de juguetes, no te asustes y adórala.

Híncate ante el Ternero.

Solo deja salir el acero. Una pequeña astilla de plomo en el paladar no es la muerte de nadie.

Inmólate en la pira. ¿Llegó la hora del holocausto?

Eso podría ser divertido,

No entiendo entonces por que tiemblan mis manos.

Susúrrale algo decoroso entre tus labios. Háblales de incesto o de vientre fecundado.

Podrías hacerlo, es fácil si lo intentas.

Nosotros ya lo hicimos. También queríamos caer.

Deja de relamerte como una bestia.

Acaríciala con tu lengua.

Cantaremos la última nana antes de que despiertes.

Solo tira del gatillo, no te preocupes.

Solo saldrán gotas de rocío y flores.

¿Son lágrimas esas que cortan tus mejillas?



Ahora si podemos jugar por siempre.

Todo lo que querías era caer, como nosotros lo quisimos.

Y ahora lo comprendes.



Cuéntanos...

¿Por que ríes ahora Alicia?

¿Qué sentiste cuando la carne voló, fue todo tan rosa?

Caer es lo que siempre quisiste.

 Mitsuru Katoshi



Muchísimas gracias al autor por querer compatir su creación con el café. Demás está decir que siempre habrá un lugar para sus escritos. Buenas noches. 



*No es futuro lo que ya es presente.

La mujer del boticario

 Gran cuento por Anton Chejov :)


La mujer del boticario

La pequeña ciudad de B***, compuesta de dos o tres calles torcidas, duerme con sueño profundo. El aire, quieto, está lleno de silencio. Sólo a lo lejos, en algún lugar seguramente fuera de la ciudad, suena el débil y ronco tenor del ladrido de un perro. El amanecer está próximo.

Hace tiempo que todo duerme. Tan sólo la joven esposa del boticario Chernomordik, propietario de la botica del lugar, está despierta. Tres veces se ha echado sobre la cama; pero, sin saber por qué, el sueño huye tercamente de ella. Sentada, en camisón, junto a la ventana abierta, mira a la calle. Tiene una sensación de ahogo, está aburrida y siente tal desazón que hasta quisiera llorar. ¿Por qué...? No sabría decirlo, pero un nudo en la garganta la oprime constantemente... Detrás de ella, unos pasos más allá y vuelto contra la pared, ronca plácidamente el propio Chernomordik. Una pulga glotona se ha adherido a la ventanilla de su nariz, pero no la siente y hasta sonríe, porque está soñando con que toda la ciudad tose y no cesa de comprarle Gotas del rey de Dinamarca. ¡Ni con pinchazos, ni con cañonazos, ni con caricias, podría despertárselo!

La botica está situada al extremo de la ciudad, por lo que la boticaria alcanza a ver el límite del campo. Así, pues, ve palidecer la parte este del cielo, luego la ve ponerse roja, como por causa de un gran incendio. Inesperadamente, por detrás de los lejanos arbustos, asoma tímidamente una luna grande, de ancha y rojiza faz. En general, la luna, cuando sale de detrás de los arbustos, no se sabe por qué, está muy azarada. De repente, en medio del silencio nocturno, resuenan unos pasos y un tintineo de espuelas. Se oyen voces.

"Son oficiales que vuelven de casa del policía y van a su campamento", piensa la mujer del boticario.

Poco después, en efecto, surgen dos figuras vestidas de uniforme militar blanco. Una es grande y gruesa; otra, más pequeña y delgada. Con un andar perezoso y acompasado, pasan despacio junto a la verja, conversando en voz alta sobre algo. Al acercarse a la botica, ambas figuras retrasan aún más el paso y miran a las ventanas.

-Huele a botica -dice el oficial delgado-. ¡Claro..., como que es una botica...! ¡Ah...! ¡Ahora que me acuerdo... la semana pasada estuve aquí a comprar aceite de ricino! Aquí es donde hay un boticario con una cara agria y una quijada de asno. ¡Vaya quijada...! Con una como ésa, exactamente, venció Sansón a los filisteos.

-Si... -dice con voz de bajo el gordo-. Ahora la botica está dormida... La boticaria estará también dormida... Aquí, Obtesov, hay una boticaria muy guapa.

-La he visto. Me gusta mucho. Diga, doctor: ¿podrá querer a ese de la quijada? ¿Será posible?

-No. Seguramente no lo quiere -suspira el doctor con expresión de lástima hacia el boticario-. ¡Ahora, guapita..., estarás dormida detrás de esa ventana...! ¿No crees, Obtesov? Estará con la boquita entreabierta, tendrá calor y sacará un piececito. Seguro que el tonto boticario no entiende de belleza. Para él, probablemente, una mujer y una botella de lejía es lo mismo.

-Oiga, doctor... -dice el oficial, parándose- ¿ Y si entráramos en la botica a comprar algo? Puede que viéramos a la boticaria.

-¡Qué ocurrencia! ¿Por la noche?

-¿Y qué...? También por la noche tienen obligación de despachar. Anda, amigo... Vamos.

-Como quieras.

La boticaria, escondida tras los visillos, oye un fuerte campanillazo y, con una mirada a su marido, que continúa roncando y sonriendo dulcemente, se echa encima un vestido, mete los pies desnudos en los zapatos y corre a la botica.

A través de la puerta de cristal, se distinguen dos sombras. La boticaria aviva la luz de la lámpara y corre hacia la puerta para abrirla. Ya no se siente aburrida ni desazonada, ya no tiene ganas de llorar, y sólo el corazón le late con fuerza. El médico, gordiflón, y el delgado Obtesov entran en la botica. Ahora ya puede verlos bien. El gordo y tripudo médico tiene la tez tostada y es barbudo y torpe de movimientos. Al más pequeño de éstos le cruje su uniforme y le brota el sudor en el rostro. El oficial es de tez rosada y sin bigote, afeminado y flexible como una fusta inglesa.

-¿Qué desean ustedes? -pregunta la boticaria, ajustándose el vestido.

-Denos... quince kopeks de pastillas de menta.

La boticaria, sin apresurarse, coge del estante un frasco de cristal y empieza a pesar las pastillas. Los compradores, sin pestañear, miran su espalda. El médico entorna los ojos como un gato satisfecho, mientras el teniente permanece muy serio.

-Es la primera vez que veo a una señora despachando en una botica -dice el médico.

-¡Qué tiene de particular! -contesta la boticaria mirando de soslayo el rosado rostro de Obtesov-. Mi marido no tiene ayudantes, por lo que siempre lo ayudo yo.

-¡Claro...! Tiene usted una botiquita muy bonita... ¡Y qué cantidad de frascos distintos..! ¿No le da miedo moverse entre venenos...? ¡ Brrr...!

La boticaria pega el paquetito y se lo entrega al médico. Obtesov saca los quince kopeks. Trascurre medio minuto en silencio... Los dos hombres se miran, dan un paso hacia la puerta y se miran otra vez.

-Deme diez kopeks de sosa -dice el médico.

La boticaria, otra vez con gesto perezoso y sin vida, extiende la mano hacia el estante.

-¿No tendría usted aquí, en la botica, algo...? -masculla Obtesov haciendo un movimiento con los dedos-. Algo... que resultara como un símbolo de algún líquido vivificante...? Por ejemplo, agua de seltz. ¿Tiene usted agua de seltz?

-Si, tengo -contesta la boticaria.

-¡Bravo...! ¡No es usted una mujer! ¡Es usted un hada...! ¿Podría darnos tres botellas...?

-La boticaria pega apresurada el paquete de sosa y desaparece en la oscuridad, tras de la puerta.

-¡Un fruto como éste no se encontraría ni en la isla de Madeira! ¿No le parece? Pero escuche... ¿no oye usted un ronquido? Es el propio señor boticario, que duerme.

Pasa un minuto, la boticaria vuelve y deposita cinco botellas sobre el mostrador. Como acaba de bajar a la cueva, está encendida y algo agitada.

-¡Chis! -dice Obtesov cuando al abrir las botellas deja caer el sacacorchos-. No haga tanto ruido, que se va a despertar su marido.

-¿Y qué importa que se despierte?

-Es que estará dormido tan tranquilamente... soñando con usted... ¡A su salud! ¡Bah...! -dice con su voz de bajo el médico, después de eructar y de beber agua de seltz-. ¡Eso de los maridos es una historia tan aburrida...! Lo mejor que podrían hacer es estar siempre dormidos. ¡Oh, si a esta agua se le hubiera podido añadir un poco de vino tinto!

-¡Qué cosas tiene! -ríe la boticaria.

-Sería magnífico. ¡Qué lástima que en las boticas no se venda nada basado en alcohol! Deberían, sin embargo, vender el vino como medicamento. Y vinum gallicum rubrum..., ¿tiene usted?

-Sí, lo tenemos.

-Muy bien; pues tráiganoslo, ¡qué diablo...! ¡Tráigalo!

-¿Cuánto quieren?

-¡Cuantum satis! Empecemos por echar una onza de él en el agua, y luego veremos. ¿No es verdad? Primero con agua, y después, per se.

-El médico y Obtesov se sientan al lado del mostrador, se quitan los gorros y se ponen a beber vino tinto.

-¡Hay que confesar que es malísimo! ¡Que es un vinum malissimum!

-Pero con una presencia así... parece un néctar.

-¡Es usted maravillosa, señora! Le beso la mano con el pensamiento.

-Yo hubiera dado mucho por poder hacerlo no con el pensamiento -dice Obtesov-. ¡Palabra de honor que hubiera dado la vida!

-¡Déjese de tonterías! -dice la señora Chernomordik, sofocándose y poniendo cara seria.

-Pero ¡qué coqueta es usted...! -ríe despacio el médico, mirándola con picardía-. Sus ojitos disparan ¡pif!, ¡paf!, y tenemos que felicitarla por su victoria, porque nosotros somos los conquistados.

La boticaria mira los rostros sonrosados, escucha su charla y no tarda en animarse a su vez. ¡Oh...! Ya está alegre, ya toma parte en la conversación, ríe y coquetea, y por fin después de hacerse rogar mucho de los compradores, bebe dos onzas de vino tinto.

-Ustedes, señores oficiales, deberían venir más a menudo a la ciudad desde el campamento -dice-, porque esto, si no, es de un aburrimiento atroz. ¡Yo me muero de aburrimiento!

-Lo creo -se espanta el médico-. ¡Una niña tan bonita! ¡Una maravilla así de la naturaleza, y en un rincón tan recóndito! ¡Qué maravillosamente bien lo dijo Griboedov! "¡Al rincón recóndito! ¡Al Saratov...!" Ya es hora, sin embargo, de que nos marchemos. Encantados de haberla conocido..., encantadísimos... ¿Qué le debemos?

La boticaria alza los ojos al techo y mueve los labios durante largo rato.

-Doce rublos y cuarenta y ocho kopeks -dice.

Obtesov saca del bolsillo una gruesa cartera, revuelve durante largo tiempo un fajo de billetes y paga.

-Su marido estará durmiendo tranquilamente... estará soñando... -balbucea al despedirse, mientras estrecha la mano de la boticaria.

-No me gusta oír tonterías.

-¿Tonterías? Al contrario... Éstas no son tonterías... Hasta el mismo Shakespeare decía: "Bienaventurado aquel que de joven fue joven..."

-¡Suelte mi mano!

Por fin, los compradores, tras larga charla, besan la mano de la boticaria e indecisos, como si se dejaran algo olvidado, salen de la botica. Ella corre a su dormitorio y se sienta junto a la ventana. Ve cómo el teniente y el doctor, al salir de la botica, recorren perezosamente unos veinte pasos. Los ve pararse y ponerse a hablar de algo en voz baja. ¿De qué? Su corazón late, le laten las sienes también... ¿Por qué...? Ella misma no lo sabe. Su corazón palpita fuertemente, como si lo que hablaran aquellos dos en voz baja fuera a decidir su suerte. Al cabo de unos minutos el médico se separa de Obtesov y se aleja, mientras que Obtesov vuelve. Una y otra vez pasa por delante de la botica... Tan pronto se detiene junto a la puerta como echa a andar otra vez. Por fin, suena el discreto tintineo de la campanilla.

La boticaria oye de pronto la voz de su marido, que dice:

-¿Qué...? ¿Quién está ahí? Están llamando. ¿Es que no oyes...? ¡Qué desorden!

Se levanta, se pone la bata y, tambaleándose todavía de sueño y con las zapatillas en chancletas, se dirige a la botica.

-¿Qué es? ¿ Qué quiere usted? pregunta a Obtesov.

-Deme..., deme quince kopeks de pastillas de menta.

Respirando ruidosamente, bostezando, quedándose dormido al andar y dándose con las rodillas en el mostrador, el boticario se empina hacia el estante y coge el frasco...

Unos minutos después la boticaria ve salir a Obtesov de la botica, le ve dar algunos pasos y arrojar al camino lleno de polvo las pastillas de menta. Desde una esquina, el doctor le sale al encuentro. Al encontrarse, ambos gesticulan y desaparecen en la bruma matinal.

-¡Oh, qué desgraciada soy! -dice la boticaria, mirando con enojo a su marido, que se desviste rápidamente para volver a echar a dormir-. ¡Que desgraciada soy! -repite.

Y de repente rompe a llorar con amargas lágrimas Y nadie... nadie sabe...

-Me he dejado olvidados quince kopeks en el mostrador -masculla el boticario, arropándose en la manta-. Haz el favor de guardarlos en la mesa.

Y al punto se queda dormido.

 
 Antón Chéjov

jueves, 4 de marzo de 2010

¿Por qué hay que leer literatura?

Buenas noches amantes de la literatura, pensadores en su tiempo libre, lectores ocasionales, novelistas contemporáneos, etc etc. Hoy os quiero compartir un excelente artículo publicado en el suplemento literario del diario La Gaceta.



¿Por qué hay que leer literatura?
 Andre Gide en su Tratado de Narciso de 1881 lo dijo: "Sabéis la historia, no importa; la repetiremos. Todo se ha dicho, pero como nadie escucha, es preciso siempre recomenzar".
¿Por que hay que leer literatura? Primero que todo, porque la literatura trata de sí misma. Se refiere a sí misma. Y en segundo lugar, porque la literatura se olvida y tiene la necesidad imperiosa de volver a oírse. De reescribirse. En estos días, por uno y otro motivo, he trajinado con tres libros distintos. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; La novela de Perón, de Tomas Eloy Martínez; y Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. ¿Qué tienen en común los tres? Que todos encierran, como impulso de su escritura, la literatura misma. Viejos manuscritos, cifrados en clave, donde estaba escrita la historia que acabamos de leer. "Era la historia de la familia, escrita por Melquíades, hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sanscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias" (p. 508-509). Pero el último Buendía la leerá como si esos manuscritos estuvieran escritos en diáfano castellano.
La literatura miente para decir su verdad
En La novela de Perón un periodista, Zamora, y el propio Tomas Eloy Martínez, que es periodista y entrevista varias veces a Perón, descubren, resignados, que la realidad sólo puede -quizás- comprenderse a través de la ficción. Que la habilidosa astucia y el pragmático cinismo de Perón es mucho más cierto y eficaz que la pretendida verdad; la cual, por cierto, no pueden atrapar. "La historia se quedará con la verdad que yo estoy contando" (p.62), dice en algún momento el personaje que es Perón; y comenta: "Aquí están los documentos, todos los que se me da la gana. Y si no están, López (Rega) los inventa. Le basta con posar la mano sobre un papel para volverlo amarillo: así me ha dicho".
El brujo López Rega como el brujo Melquíades someten a un proceso alquímico, de tergiversaciones esencializadoras y de transmutación poética, los simples datos de la realidad pedestre. Estos papeles efímeros en que consignamos hechos que luego son sueños. Sueños que son libros. Profecía que se cumple y aclara o versión que se impone entre muchas, y perdura; la literatura miente y se contradice para decir su verdad. ¿Debemos quizás leer literatura para captar la sólida mentira que alienta debajo de la elusiva verdad?
El general Perón, por su parte, dijo en una entrevista: "si he vuelto a ser protagonista de la historia, una y otra vez, fue porque me contradije. ¿La patria socialista? Yo la he inventado. ¿La patria conservadora? Yo la mantengo viva. Tengo que soplar para todos lados, como el gallo de la veleta. Y no retractarme nunca, sino ir acumulando frases" (p. 218). Quizás Tomas Eloy Martínez buscó, como se dice, desmitificar el mito de Perón. Reducirlo, él tan propenso a la mentira, a su justa verdad. Terminada su lectura el mito ha salido reforzado: se volvió ficción. Quizás la literatura no despeja el terreno y pone las cosas en su sitio: las sitúa en un nivel distinto, donde solo cuenta su capacidad de persuadir y fabular. De atrapar con sus artes de rigurosa hechicería.
Los divertidos real-visceralistas de la novela de Bolaño buscan los textos inexistentes, que nunca leeremos, de una poeta estridentista, Cesárea Tinajero. El estridentismo, una nota a pie de página en la literatura mexicana, una breve mención en la historia de la vanguardia en América Latina, da razón a este desopilante thriller, a esta literatura en el camino, de estos aprendices de poeta, podridos de referencias literarias, y quizás contrabandistas de marihuana, en la incierta frontera méxico-norteamericana.
Somos nadie pero podemos ser otros
Es factible deducir, con estos ejemplos concretos, cómo la literatura nace de la lectura de otro libro (o de muchos). Y de cómo ella, animada por una ambición absoluta, encuentra en sí misma su razón de ser. El autor puede compensar una carencia, rectificar una injusticia, conquistar, desde provincia, una capital letrada, el París con que tantos soñaron ser consagrados, o intentar enmendarle la plana a la historia, tan atroz y tan monótona a la vez. Tan cruel y a la vez tan carente de sentido, cuando el tiempo desnuda, hasta el límite, la épica batalla entre el Bien y el Mal, en pos de la ballena blanca.
Pero la fuerza de la literatura para poner en cuestión ídolos y prejuicios, valores y entelequias sancionados por el uso y el abuso termina por depararnos una paradójica lección. La que Borges, en un texto de 1952, resumió certeramente así al hablar de las "Magias parciales del Quijote":
"¿Por que nos inquieta que Don Quijote sea lector del Quijote y Hamlet espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios".
¿Por qué hay que leer literatura? Una primera respuesta sería: porque somos Nadie. Porque con la literatura reconocemos nuestra condición transitoria y efímera y, a la vez, podemos asumir una identidad distinta. Mario Vargas Llosa, con tenacidad de catecúmeno, nos ha repetido una y otra vez que la realidad deprimente de todos los días requiere el escape imaginario. La utópica realidad alternativa que nos aísle en la lectura y que desde allí reedifique la ciudad de lo posible y que es más real que cuanto nos rodea. Y como lo dijo un autor que él ama y que ha leído con fervor, escribiendo sobre él mismo, Georges Bataille: "un poco más, un poco menos, todo hombre está atado a los relatos, a las novelas, que le revelan la verdad múltiple de la vida. Sólo esos relatos, leídos a veces con zozobra, lo sitúan ante el destino".

Los grandes lectores
Podemos, por lo tanto, fijarnos en la primera parte de la pregunta que nos convoca, el acto de la lectura, después de precisar la verdad múltiple de la vida, que la literatura torna presente. Evadirnos quizás para hacer real a un presente a menudo incomprensible. ¿Cuáles han sido los grandes lectores del siglo que murió? ¿Quiénes, en el siglo XX, por el olvidado arte de leer ampliaron, y no restringieron, nuestra visión? Podemos pensar que el filosofo alemán Martin Heidegger en sus asedios a los versos del poeta Hölderlin nos mostró fehacientemente lo que significaba leer. Su glosa a un texto de Hölderlin: "y se le ha dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje... para que muestre lo que es .....", es un ineludible punto de partida, desde la reflexión creativa, para develar las diversas facetas de ese bien: "sólo hay mundo donde hay habla, es decir el círculo siempre cambiante de decisión y obra, de acción y responsabilidad, pero también de capricho y alboroto, de caída y extravío", como señala Heidegger en Arte y poesía.
Quizás otra figura emblemática del más agudo lector, sea la figura, también trágica, de Walter Benjamin. Si el nazismo fue exaltado por Heidegger en sus discursos rectorales, Benjamin, entre las exigencias del marxismo y su preocupación por la cábala, como método de exégesis, vería trunca e imposible su obra más ambiciosa, sobre París, capital del siglo XIX. Una acumulación de citas es el desolado balance de este incomparable lector, suicida ante el arrollador despliegue nazi. Benjamin escribió, en La tarea del traductor, que "el arte propiamente dicho presupone el carácter físico y espiritual del hombre, pero no existe ninguna obra de arte que trate de atraer su atención, porque ningún poema está dedicado al lector, ningún cuadro a quien lo contemple, ni sinfonía alguna a quienes la escuchan" (p.76).
Y luego agrega:"¿Qué 'dice' una obra literaria? ¿Qué comunica?  Muy poco a aquel que la comprende. Su razón de ser fundamental no es la comunicación, sino la afirmación".
"No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie" señaló, en otro texto, Benjamin. Cerremos este apartado, en pos del lector ideal, con una observación de Mircea Eliade, que nos confirma por qué quizás debemos leer literatura. O aún mejor, oírla: "quien sabe narrar historias puede, en circunstancias difíciles, salvarse. Así ha ocurrido en los campos de concentración rusos. Los que tenían la suerte de contar con un narrador de historias en su barrancón han sobrevivido en mayor número. Escuchar historias les ayudó a atravesar el infierno del campo de concentración. El interés por la narración forma parte de nuestro modo de ser en el mundo. Nosotros somos seres para la 'aventura'. El hombre nunca podrá renunciar a que le narren historias".
La felicidad de escribir, desdeñosa, por cierto, de si será leído o no, tiene un equivalente simétrico en la felicidad de leer, lejos de prólogos, críticas o entrevistas. Lejos de premios o conferencias de prensa. Bien supo ese placer incomparable un lector de novelas policiales llamado Juan Carlos Onetti. Al hablar de Roberto Arlt escribió: "nadie nos dirá nunca, como él, de manera torpe, genial y convincente, que nacer significa la aceptación de un pacto monstruoso y que, sin embargo, estar vivo es la única verdadera maravilla posible. Y tampoco nos dirá que, absurdamente, más vale persistir".
Quizás por ello hay que leer literatura.


 Para cerrar lo que dijo el señor Jorge Luis Borges en una conferencia en la Universidad de Bogotá (Colombia): 
-la literatura y el arte son otra forma de conservar la memoria de la humanidad.

Buenas noches.

viernes, 26 de febrero de 2010

Deutsches Requiem

Buen día. Tanto tiempo ^_^. Siguiendo con la tradicción borgeana hoy os traigo uno de mis cuentos favoritos del compendio "El Aleph". Se trata de la historia de un nazi después de la Segunda Guerra Mundial, que ha sido condenado a muerte por crímenes contra la humanidad. Os dejo, además, la primer parte de Ein Deutsches Requiem del genio Johannes Brahms.

Deutsches Requiem
(El Aleph, 1949)


       Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.

 Job 13:15                 
 Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio[1]. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.
          Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.


          Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.
          Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe[2] sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.
          Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.
          Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar[3]. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.
          En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.
          El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.
          Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y [4]... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte[5].
          Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.
          Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.
          En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.
          Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.
          Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.
          Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.




[1] Es significativa la omisión del antepasado más ilustre del narrador, el teólogo y hebraísta Johannes Forkel (1799-1846), que aplicó la dialéctica de Hegel a la cristología y cuya versión literal de algunos de los Libros Apócrifos mereció la censura de Hengstenberg y la aprobación de Thilo y Geseminus. (Nota del editor.)

[2] Otras naciones viven con inocencia, en sí y para sí como los minerales o los meteoros; Alemania es el espejo universal que a todas recibe, la conciencia del mundo (das Weltbewusstsein). Goethe es el prototipo de esa comprensión ecuménica. No lo censuro, pero no veo en él al hombre fáustico de la tesis de Spengler.

[3] Se murmulla que las consecuencias de esa herida fueron muy graves. (Nota del editor.)

[4] Ha sido inevitable, aquí, omitir algunas líneas. (Nota del editor.)

[5] Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich zur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios indivíduos. Nos dicen que murió al primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit. (Nota del editor.) 




viernes, 19 de febrero de 2010

La Biblioteca de Babel


Buenas noches. Hoy quiero compartir con ustedes un gran cuento de Borges. El relato es la especulación de un universo compuesto de una biblioteca de todos los libros posibles, sus libros están arbitrariamente ordenados, o sin orden, preexiste al hombre. Parece ser infinita a la vista de un ser humano común, pero al tener un limite de 410 páginas por libro, 40 renglones por página y 80 símbolos por renglón el número de posibilidades es vasto pero finito. 

 Digno de leer pausadamente, sin distracciones y con sobradas atenciones.


 

La Biblioteca de Babel

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.



Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.



A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.



El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.



El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)



Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.



Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.



Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.



También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.



A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.



Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.



También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.


Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).



La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.



Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.
 










 J.L.B.


¡Hasta la próxima! 

pd: si alguien desea el libro en que se encuentra adquiera Ficciones.

martes, 9 de febrero de 2010

El viento y la noche en la isla

Buenas noches gente. Tantos días, tanto tiempo, tanta ausencia sin publicar ^_^. Motivos reales no sobran, excusas falsas siempres las hay. Pero no es cuestión inventar tonteras, vamos a lo nuestro.
Hoy nos visita el señor trasandino Pablo Neruda. Los poemas "El viento en la isla" y "La noche en la isla" se encuentran incluídos en su obra "Los versos del capitán". Como dato curioso les cuento que el libro, originalmente, fue publicado en forma anónima. ¿Razones? he aquí las mismas dichas por el propio Neruda: "Mucho se discutió el anonimato de este libro. Lo que yo discutía en mi interior mientras tanto, era si debía o no
sacarlo de su origen íntimo: revelar su progenitura era desnudar la intimidad de su nacimiento. Y no me parecía
que tal acción fuera leal a los arrebatos de amor y furia, al clima desconsolado y ardiente del destierro
que le dio nacimiento.

 Por otra parte pienso que todos los libros debieran ser anónimos. Pero entre quitar a todos los míos mi nombre
o entregarlo al más misterioso, cedí, por fin, aunque sin muchas ganas.
 Entrego, pues, este libro sin explicarlo más, como si fuera mío y no lo fuera: basta con que pudiera andar solo
por el mundo y crecer por su cuenta. Ahora que lo reconozco espero que su sangre furiosa me reconocerá también
."

El viento en la isla

El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.

Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.

Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.

Escucha cómo el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.

Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.

Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío

La noche en la isla

Toda la noche he dormido contigo
junto al mar, en la isla.
Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño,
entre el fuego y el agua.

Tal vez muy tarde
nuestros sueños se unieron
en lo alto o en el fondo,
arriba como ramas que un mismo viento mueve,
abajo como rojas raíces que se tocan.

Tal vez tu sueño
se separó del mío
y por el mar oscuro
me buscaba
como antes,
cuando aún no existías,
cuando sin divisarte
navegué por tu lado,
y tus ojos buscaban
lo que ahora
-pan, vino, amor y cólera-
te doy a manos llenas
porque tú eres la copa
que esperaba los dones de mi vida.

He dormido contigo
toda la noche mientras
la oscura tierra gira
con vivos y con muertos,
y al despertar de pronto
en medio de la sombra
mi brazo rodeaba tu cintura.
Ni la noche, ni el sueño
pudieron separarnos.

He dormido contigo
y al despertar tu boca
salida de tu sueño
me dio el sabor de tierra,
de agua marina, de algas,
del fondo de tu vida,
y recibí tu beso
mojado por la aurora
como si me llegara
del mar que nos rodea.


good night and sweet dreams.